CUANDO EMPEZARON a circular los primeros coches de forma masiva, all谩 por comienzos del siglo XX, salieron los inevitables antagonistas de siempre, aquellos que est谩n contra todo lo que ha pasado desde que abandonamos las cuevas del paleol铆tico, y arremetieron contra el nuevo invento con la acusaci贸n peregrina de que “a cincuenta kil贸metros por hora no se pueden apreciar los encantos del paisaje”. Pero el paisaje tiene sus ritmos y medidas diferentes. Igual que es complicado y absurdo subirse a un coche para contemplar un rosal, tambi茅n ser铆a imposible tratar de conocer a pie y en una sola tarde toda la costa del mediterr谩neo. Digamos que se podr铆a hacer una clasificaci贸n velocidad/paisaje: a 50.000 km/h se puede contemplar el planeta entero en una nave espacial; a 1000 km/hora se puede ver a茅reamente un pa铆s; a 300 km/h una regi贸n; a 100 km/h una provincia; a 30 km/h una ciudad, caminando se puede ver un barrio y si te paras hasta la 煤ltima cagarruta min煤scula que deja una mosca. Todas son maneras distintas de ver un paisaje y no necesariamente las m谩s microsc贸picas o proustianas tienen que ser las 煤nicas o las mejores. La invenci贸n del coche no acab贸 con la contemplaci贸n cabal del paisaje sino que le a帽adi贸 nuevas posibilidades.