ESA ACERTADA comparación-denuncia que hizo Virginia Woolf en Una habitación propia, la de que las mujeres, a lo largo de la historia, han desempeñado el papel de espejos que multiplican por dos el tamaño natural de los hombres, es adecuada también para referirse al amor, siempre que los espejos sean recíprocos: siempre que el amado y la amada, sincronizados en la tarea de sublimarse, aumenten el tamaño del otro hasta dos, tres o quince veces. Estos superespejos multiplicadores, sin embargo, se convierten en una traba no pequeña si el amor decae o desaparece, porque nadie que se haya sentido un gigante se resigna a que el espejo vuelva a enviarle su imagen a tamaño real. Y aún puede suceder algo peor en el caso de que la relación amorosa termine mal: entonces los ex amantes se transmiten reflejos más pequeños incluso que los reales y acaban sintiéndose bonsáis, reducidos hasta el escarnio por los nuevos espejos, ahora antiespejos.