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EL COVID es el mayor maracanazo que ha sufrido el homo sapiens en la época contemporánea, un virus que ha sobrepasado las chozas de paja y los techos de bálago y se ha infiltrado hasta en las ciudades más poderosas y en las alfombras rojas de los mejores palacios: durante mucho tiempo la OMS situó el epicentro del virus en la ciudad de Nueva York y hasta el Príncipe de Gales y el premier británico se contagiaron. Es cosa sabida que hubo otras pestes y otras enfermedades, a veces mucho más peligrosas, pero sucedieron en épocas donde el ser humano era todavía un ser temeroso de Dios y la naturaleza, un ser que rezaba y se arrodillaba y temía por el mañana.

¿Es el coronavirus el karma del planeta? ¿Es un castigo de Dios? No, simplemente es un baño de humildad. Un aviso a la soberbia de la especie. Una lección.



TODAVÍA NO saben si el virus se irá, o si se transmite también por el aire, o cuánto duran sus anticuerpos, o si mutará a una variedad más asesina, o cuánta inmunidad proporcionarán las vacunas...

Hay que tomárselo con humor. Contemplar el fracaso de todos los-que-saben y todos los-que-mandan, los mismos que nos han llevado a este planeta de locura productiva y acelerativa, tampoco es pequeño consuelo.

Ayer éramos el mundo desarrollado, un paraíso de cristal y aluminio a prueba de bombas y hambrunas y catástrofes. Ayer teníamos expertos que sacaban soluciones para todo de su marmita de números y logaritmos; ayer un historiador israelí, Harari, publicaba "Sapiens", fenómeno mundial de ventas, donde decía que la muerte ya es tratada en el mundo occidental "como un problema técnico a resolver".

De pronto viene un virus de pacotilla, el hermano punk de la gripe, y los expertos fracasan y los gobernantes naufragan y esto es la Babilonia de los infiernos y sálvese quien pueda.