Mostrando entradas con la etiqueta humildad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta humildad. Mostrar todas las entradas

HA SIDO una lástima que ayer proclamaran a un danés el mejor chef del mundo, porque pocas cosas me han divertido más en los últimos tiempos que la premiación de Dabiz Muñoz con la distinción máxima de la gastronomía planetaria durante tres años consecutivos. Dabiz Muñoz ha sido durante la última década una de las personas más vilipendiadas del país por la razón de que, ¿adivináis? Efectivamente, es un chuleta, siempre está dando el cante, buscó a sabiendas salir con una famosa y además, a cuento de qué se puso ese Dabiz con be y con zeta, joder, ¡se escribe David en cristiano!, y qué me dices de la mamarrachada de ponerse los vestidos de Nochevieja de su mujer, a este tipo le falta mucha humildad, etc. Cuántas veces he leído que le iban a quitar las tres estrellas Michelin a su restaurante porque su imagen no comulga con la seriedad y discreción de los grandes chefs históricos.

Entre los rasgos no menos divertidos de la españolada, con los que se podrían llenar varios tomos, figura que el tumor de la falsa humildad está tan arraigado en ellos que piensan de verdad que es ella la que te vuelve presidente, la que te gana el Balón de Oro o la que te eleva a mejor chef del mundo. Yo no discuto que una humildad sana (no la de los españoles, que la usan como mazo contra la pasión y el talento) no favorezca cualquier empresa; solo sostengo que ese valor, incluso bien aplicado, se sitúa en la carrera del éxito muy por detrás de otros elementos, estos sí que decisivos, por ejemplo la calidad de los genes con los que nazcas, los estudios o entrenamientos que recibas, el esfuerzo que inviertas en tu proyecto o la suerte que tengas en el camino. Sí, he dicho la suerte: ¿acaso crees que puedes ganar el Nobel de Literatura si naces en uno de esos lugares, que todavía quedan, donde no te enseñan a leer ni a escribir?

La humildad es un factor que te permite conservar el realismo y darte cuenta de los errores que estás cometiendo en el proceso, pero si lees las biografías de los grandes personajes de la historia, te das cuenta de que el elemento ambición y el elemento creencia fanática en uno mismo fueron en ellos mucho más grandes que el elemento humildad. La conclusión a la que he llegado de tanto frecuentar este tipo de lecturas es que la mayoría de las grandes celebridades solo se rebajaron a ser humildes cuando recibieron un buen sopapo de la vida, para volver de nuevo a la egolatría cuando mejoraron los tiempos. Hace poco visioné una biografía de Jennifer Lopez en Youtube que me hizo sonreír (aunque, por supuesto, no apruebo estos excesos del ego, que yo también he padecido, y sin ser Jlo): en ella se decía que la futura diva del Bronx, cuando era desconocida y asistía a clases de baile, cada vez que tenía un problema con un compañero, o con un profesor, o con todos, se dirigía a ellos a grito pelado y les espetaba: “Yo voy a hacerme famosa, no tengáis ninguna duda, y entonces vendré aquí y os daré una patada en el culo”.

Por suerte Jennifer Lopez nació en el Bronx y pudo realizarse. Si hubiera nacido en Albacete, la marabunta de los humildes se habría arrojado al unísono contra ella y no habríamos tenido Jennifer Lopez.

Egolatría nº 3781


NUNCA HE dicho que haya que erradicar la humildad de las sociedades, ojo. La humildad es una virtud esencial en el ser humano, pero deja de ser virtud cuando se utiliza en-contra-de: cuando se utiliza contra el innovador, contra el independiente, contra el que tiene deseos legítimos y va a por ellos. 

Una sociedad donde solo haya ambición es pasto de los depredadores, pero una sociedad donde solo existan humildes se hunde en la arteriosclerosis. El mismo problema encuentro en el mucho que en el poco. Una sociedad sana debe ser un acordeón donde se pueda ser a veces mucho y a veces poco; donde se pueda alternar los momentos de rayo y momentos de calma: ¿habéis escuchado ese acordeón alguna vez en las sociedades hispánicas?

Lees a Tucídides, a Epicuro, a Virgilio, a Horacio, a Salustio, a Séneca, a Dante, a Hugo, a Joyce, a McCullers, a Plath, y te quedas alucinado: estos autores dicen con naturalidad que quieren trascender después de su muerte, que quieren que sus escritos pervivan siglos después de morir, ¡algunos dicen incluso que pervivirán, dan por segura su inmortalidad! Ello no les impide ser modestos o compasivos en otras partes de su obra, porque en ellos la vanidad no excluye momentos de autoflagelación también exagerada.

Igual que a veces uno debe llamarse a silencio, a discreción, a frugalidad, hay otras donde uno necesita acelerar y celebrarse a sí mismo. Una sociedad que no entienda que un artista necesita para respirar sus dosis de narcisismo, de egolatría, incluso de arrogancia, junto a sus momentos de clara humanidad despaciosa, es una sociedad de mierda. España es una sociedad de mierda, las sociedades hispánicas una mierda, vascos y catalanes otro montón de mierda, letrinas donde triunfa la humildad a full, la humildad de la mala, la que agrede al activo, al soñador, al que quiere comerse todo el chocolate blanco de la vida.

Hay que leerme a mí, que no sucumbo ni sucumbiré jamás ante este tipo de insectos. A mí, que ya les odiaba cuando estaba en la tripa de mi madre. ¿Cómo? ¿Que no sabes odiar a la gente que te castra los sueños, a las sociedades que te ciegan las emociones más básicas, a los países donde se les corta los pies a los que vivimos con la cabeza en las estrellas?

Léeme. Yo te enseño.



DICE SCHOPENHAUER que la naturaleza nos utiliza para sus propios fines; que es ella la que nos permite estar guapos a los veinte años para que copulemos y tengamos hijos pero, una vez que nos ha usado, nos quita nuestra belleza porque ya no le hace falta. Formar un matrimonio y tener hijos, para este filósofo, es algo que no nos conviene a nosotros pero sí que le conviene a la voluntad ciega de la naturaleza, que quiere sobrevivirse. Dándole vueltas a este pensamiento del pesimista alemán, he tenido otro que me parece más certero con respecto a mí. Creo que la naturaleza, cuando eres muy joven o adolescente, te llena de ambiciones sin medida, de unas ganas de comerte el mundo insensatas, pero luego, cuando llegas a los cuarenta años, esa misma naturaleza te dota de repente de una lucidez extremas, que hace que veas tus antiguos sueños de grandeza como ridículos y hasta estúpidos, justo cuando ya es demasiado tarde, lo mismo para regresar que para seguir adelante, lo que hace que te quedes en una tierra de nadie, con cara de ratón que olvidó su agujero, sin saber qué hacer. Desde que cumplí cuarenta años, noto dos tendencias opuestas en mí: la primera es continuar con mi egolatría y pegarle el susto definitivo a la literatura española, pero junto a esta tendencia, que cada vez es más débil o no sé ya si me la creo, ha surgido otra que me empuja a abandonar todo e irme a un atolón del Pacífico a hablar con los peces. De esta incertidumbre creo que no soy el único responsable sino que ayuda mucho la naturaleza: es ella la que nos empuja a ser incendiarios con veinte años y pobres bomberos de nuestros sueños a los cuarenta.


¿CUÁL ES el problema que subyace a esta tendencia a crear rebaños ideológicos para agredirse los unos a los unos? La falta de individualismo. El individualismo es ese milagro que te permite valorar por ti mismo cada situación y tomar decisiones distintas para cada una de ellas. El individualista puede apoyar puntualmente a un rebaño o puede ser societario si conserva su autonomía, porque la ecuación individualista = egoísta es falsa, pero se lleva muy mal con las consignas y los prietas las filas. Por eso el individualista es incómodo ya que hace cosas muy raras: hoy apoya a la derecha, mañana a la izquierda, hoy dice que está con los montescos y mañana con los capuletos, es una persona de la que no te puedes fiar…

¿Cuál es el insulto español por antonomasia, el que se dedica a cualquiera que defienda su singularidad? Egocéntrico, naturalmente. ¿Cuál es la virtud mejor vista lo mismo entre la izquierda que entre la derecha? La humildad, que es la virtud cualquierista de los mediocres. ¿Qué hace un español cuando quiere conseguir algo? Llamar a su primo, a su cuñado, a la tía que tiene una amiga que es hermana de la concejala de Valdemoro y en ese plan. AMIGUETES CLUB, ninguna consideración por la iniciativa individual, odio al que se singulariza, nula meritocracia, movilidad social cero… Se sigue esperando a que sea el sacerdote, llámese Pedro Sánchez o Pablo Iglesias o Pablo Casado, el que te diga lo que significa cada pasaje de la Biblia y el que te diga, más que hacia dónde ir, contra quién estar…

EL COVID es el mayor maracanazo que ha sufrido el homo sapiens en la época contemporánea, un virus que ha sobrepasado las chozas de paja y los techos de bálago y se ha infiltrado hasta en las ciudades más poderosas y en las alfombras rojas de los mejores palacios: durante mucho tiempo la OMS situó el epicentro del virus en la ciudad de Nueva York y hasta el Príncipe de Gales y el premier británico se contagiaron. Es cosa sabida que hubo otras pestes y otras enfermedades, a veces mucho más peligrosas, pero sucedieron en épocas donde el ser humano era todavía un ser temeroso de Dios y la naturaleza, un ser que rezaba y se arrodillaba y temía por el mañana.

¿Es el coronavirus el karma del planeta? ¿Es un castigo de Dios? No, simplemente es un baño de humildad. Un aviso a la soberbia de la especie. Una lección.


Aún escribo mal, pero pronto lo haré peor


HUBO UN tiempo en que me creía el mejor poeta del mundo, pero comencé a leer. Lo primero que descubrí con desilusión es que los poetas clásicos utilizan docenas de miles de palabras que yo no utilizaba, lo que me hizo sentir por primera vez una gran inferioridad. Pero seguí leyendo: descubrí que la prosodia de los grandes poetas era mucho mejor que la mía, porque ellos no solo se fijan en las palabras o los versos o las estrofas, ¡se fijan también en los acentos, los fonemas y las sílabas! Con la autoestima ya muy tocada, masoquista de mí, seguí leyendo: ¿os queréis creer que descubrí que los poetísimos, cuando escriben "rosa", no quieren decir siempre rosa, sino que la usan como símbolo de dios sabe qué selvas o laberintos? ¿Os queréis creer que averigüé que muchos poemas de los maestros ocultan una cosmovisión para cuyo discernimiento puede ser necesario conocer tal corriente filosófica o tal libro de Wittgenstein o Heidegger? Como podéis imaginar, para esas alturas ya había pasado de creerme el mejor poeta del mundo a creerme un poeta solo malo. Sí, habéis oído bien: de momento "solo" soy un poeta malo. Porque sigo leyendo, lo que significa que pronto seré peor.