LOS LLAMO poetas septiembro porque al llegar el verano cuelgan una entrada donde te dicen hasta septiembre, me tomo un descanso en el blog, y uno se queda con cara de pomelo, sin entender qué tipo insólito de terapia o curso filobudista habrán seguido para lograr esa hazaña. Creíamos, desde los tiempos en que empezamos a fumar tres o cuatro paquetes diarios de blogspot, que nuestra permanencia en la red se debía solamente a que no podemos dejarla, y esta creencia la hemos asumido de tal forma que ya ni siquiera intentamos despedidas de internet al estilo de os-juro-que-esta-vez-es-cierto, solo por evitarnos el cachondeo de la concurrencia y una nueva caída en nuestra ya cariadísima reputación. Pero de pronto llegan ellos, los blogueros septiembro, y te anuncian que se van de vacaciones. No solo lo anuncian, sino que lo cumplen y nos demuestran que la lucha contra la drogadicción es posible. Te hacen sentir como si estuvieras en un hospital de enfermos incurables y una mañana apareciera el médico para darle el alta a tu compañero de habitación. A estas horas estarán en Cancún o Benidorm, pasándoselo en grande y descojonándose de los poenautas que no podemos, los poenautas que ni lo vamos a intentar porque nos hemos resignado a que lo nuestro sea un desvivir sin septiembres hasta la muerte. Pues quizá la muerte sea sólo eso, un cerrar de una vez la pantalla, y morir nada más que dejar de escribir en el blog.
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Aún escribo mal, pero pronto lo haré peor
HUBO UN tiempo en que me creía el mejor poeta del mundo, pero comencé a leer. Lo primero que descubrí con desilusión es que los poetas clásicos utilizan docenas de miles de palabras que yo no utilizaba, lo que me hizo sentir por primera vez una gran inferioridad. Pero seguí leyendo: descubrí que la prosodia de los grandes poetas era mucho mejor que la mía, porque ellos no solo se fijan en las palabras o los versos o las estrofas, ¡se fijan también en los acentos, los fonemas y las sílabas! Con la autoestima ya muy tocada, masoquista de mí, seguí leyendo: ¿os queréis creer que descubrí que los poetísimos, cuando escriben "rosa", no quieren decir siempre rosa, sino que la usan como símbolo de dios sabe qué selvas o laberintos? ¿Os queréis creer que averigüé que muchos poemas de los maestros ocultan una cosmovisión para cuyo discernimiento puede ser necesario conocer tal corriente filosófica o tal libro de Wittgenstein o Heidegger? Como podéis imaginar, para esas alturas ya había pasado de creerme el mejor poeta del mundo a creerme un poeta solo malo. Sí, habéis oído bien: de momento "solo" soy un poeta malo. Porque sigo leyendo, lo que significa que pronto seré peor.
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