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SOBRE LA pintada EL PUNTO MEDIO ES EL PUNTO MIEDO, que es una adaptación a la pared de un verso de mi poema La escuela, existen muchas personas que me han dicho que no la comprenden. Quizá sea porque admite varios significados. La última vez que publiqué esta pintada en Instagram me lo preguntaron de nuevo y estas fueron mis tres intervenciones:

• • • Quise decir que en este mundo existen personas, las que dicen por ejemplo “yo no soy de izquierdas ni de derechas”; “yo no estoy a favor del aborto ni en contra”; “yo no estoy ni con los palestinos ni con los israelíes”, que dicen eso solo PORQUE NO QUIEREN COMPROMETERSE, no quieren tomar decisiones que signifiquen tener que apoyar y actuar en una dirección que podría perjudicarles personalmente: ellos prefieren acogerse a la anemia del punto medio, a la moderación en-toda-circunstancia, no como decisión meditada sino como manera de tener una vida más fácil y evitarse problemas.
• • • Ya sabéis cómo son las pintadas mías y las frases en general, no admiten “peros”, son casi todas un poco maximalistas. Yo no denuncio el punto medio como recurso puntual, al que se llega meditadamente tras descartar los extremos: si me dieran a elegir entre vivir en la Antártida o en el desierto del Sahara, yo también me acogería al punto medio. Solo lo denuncio cuando se usa para “librarse”, para no comprometerse con alguna propuesta arriesgada, de esas que están llenas de vida y de peligro.
• • • Un estudiante de filosofía me habló de esta pintada y me dijo que en filosofía existe un concepto llamado “la falacia del punto medio”. Cuando los nazis invaden Bélgica, la culpa no está repartida a partes iguales entre belgas y nazis: la culpa la tienen los nazis. El propio Luther King dijo que la culpa de la pervivencia del racismo radicaba en los moderados que sostenían que, entre racistas y abolicionistas, ninguno de los dos tenía razón (como los idiotas que aún hoy te dicen que “yo no soy machista ni feminista”). Negarse a elegir entre dos cosas malas o al menos dudosas, eso yo lo entiendo; pero adoptar el punto medio cuando uno tiene que elegir entre una cosa buena (abolicionismo, feminismo) y una cosa mala (racismo, machismo), eso es lo que denuncio con esta pintada.



LA TRAGEDIA de nuestra época consiste en que el big-bang que estalló en 1789 se detuvo en 1980 (Thatcher + Reagan) y a partir de ahí, con la caída del bloque comunista, triunfó una interpretación tendenciosa que proclamó para siempre el fracaso de las sociedades ideales, condenó la pureza como responsable de holocaustos y denunció la búsqueda de absolutos como peligrosa. Todo el maravilloso trabajo forjado por lo mejor de las generaciones anteriores quedó inconcluso y dio paso a la mediocridad de hoy, donde hasta los mismos gobernantes, con el fin de no parecer iluminados que la propaganda capitalista asocia de inmediato con los gulags y las cartillas de racionamiento, solo predican horizontes cortos y hasta presumen de imperfecciones, hecho único en la historia del mundo, ¡como si la imposibilidad de alcanzar la perfección nos eximiera de intentar al menos acercarnos a ella! Este triunfo de la razón mezquina y la filosofía palicorta ha generado políticos cobardes, ciudadanos cobardes y artistas cobardes. Ya no hay historias: hay historietas. Ya no se escriben obras: se publican libros. Ya no se cree en la gloria: se cree en el dinero.  ¡Y cómo no se iba a generar una sociedad de mentecatos si ya desde pequeño se te advierte contra el soñar demasiado, el sentir demasiado, el desear demasiado, advertencias que son miserables porque ni los sueños ni los sentimientos ni los deseos son malos, sino la falta de conciencia!

—Entonces, Batania, a ti te gustan las sociedades perfectas que establecieron seres tan puros y perseguidores de absolutos como Hitler, Franco, Stalin, Mussolini, Pol Pot o Castro.
—No. Lo que digo es que tan puros fueron Buda, Sócrates, Cristo, San Francisco de Asís, Wollstonecraft, Gandhi o Luther King, figuras que también creían en absolutos y soñaban con sociedades ideales, y no por ello esclavizaron a su población, ni crearon gulags, ni montaron cámaras de gas.



RECUERDO QUE en mi primer año de escuela, con cinco años, existía en mi colegio de Larrondo un aula reservada solo para jugar, y eran frecuentes las peleas entre alumnos a cuenta de los juguetes, que había en gran cantidad, de modo que las monjas tenían que intervenir para separarnos.

–¡Para qué os pegáis por un juguete –nos decían–, si los hay de sobra, y os vais a cansar de él al de cinco minutos!

Y era cierto: aquel juguete por el que nos habíamos peleado dejaba de interesarnos al de pocos minutos, momento en el que nos gustaba aquel otro, y más tarde aquel otro, y así. Esa necesidad de cambio y variedad era común a todos los niños, porque la infancia es así de ilimitada, infinita en sus posibilidades, y a cada poco queremos hacer algo distinto, o de otra manera, o con otra gente. Por eso resulta difícil de explicar cómo, treinta o cuarenta años después, la mayoría de esos niños ya no tienen inquietudes, ni curiosidades, ni lirismos, ni ganas de cambio, porque lo han sustituido todo por un matrimonio, un trabajo y una hipoteca. Ellos, que eran un continuo empezar, se han terminado. Ellos, que fueron la desinstalación permanente, se han instalado. Se aferraron a lo suyo y ya no quieren más riesgos ⇒ya no quieren descubrir juegos ⇒ya no quieren cambiar de juguete.