SE COMETE un error al convertir a Hitler en un personaje peor (todavía) de lo que fue. Hablo sobre todo por los chavales: recuerdo que de adolescente yo estaba fascinado por su figura precisamente por eso, porque era EL MÁS MALO de todos, y solo cesó esa fascinación cuando descubrí que era vegetariano, que amaba a los perros, que había perdonado al que planeó su asesinato o que le gustaban las películas de Cary Grant. “Vaya malo de calderilla”, me dije entonces, y me pasé a Charles Manson, mi nuevo malo máximo. Muchos de nosotros fuimos así durante la adolescencia: nos gustaba AC/DC por satánicos, nos caía bien Ruiz Mateos porque le había pegado a Boyer, jaleábamos a Goikoetxea porque había lesionado a Schuster y Maradona, y cuando empezamos a leer nuestros primeros libros de poesía no elegimos a Bécquer o a Gloria Fuertes, no, sino a Rimbaud, Pizarnik, Lautréamont o Leopoldo María Panero, esto es, a aquellos que nos parecían muy terribles o pedían a gritos una camisa de fuerza. Por otra parte, si lees la historia y te enteras de quiénes fueron Nabucodonosor, Julio César, Calígula, Atila, Gengis Khan, Torquemada, Pizarro, Ivan el Terrible, Pedro el Grande, Leopoldo II, Stalin o Pol Pot, empiezas a tener muchas dudas de que el título de malo máximo lo tenga Hitler en exclusiva, y más bien empiezas a creer que la carrera por ser el peor de todos se decide por foto-finish. Si en lugar de considerar a Hitler “el dios del mal”, lo rebajas a “uno de los dioses del mal”, salvas a muchos adolescentes de una influencia nefasta, pues todo el que sea antetitulado como “el más” irradia una atracción muy peligrosa.
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RECUERDO QUE en mi primer año de escuela, con cinco años, existía en mi colegio de Larrondo un aula reservada solo para jugar, y eran frecuentes las peleas entre alumnos a cuenta de los juguetes, que había en gran cantidad, de modo que las monjas tenían que intervenir para separarnos.
–¡Para qué os pegáis por un juguete –nos decían–, si los hay de sobra, y os vais a cansar de él al de cinco minutos!
Y era cierto: aquel juguete por el que nos habíamos peleado dejaba de interesarnos al de pocos minutos, momento en el que nos gustaba aquel otro, y más tarde aquel otro, y así. Esa necesidad de cambio y variedad era común a todos los niños, porque la infancia es así de ilimitada, infinita en sus posibilidades, y a cada poco queremos hacer algo distinto, o de otra manera, o con otra gente. Por eso resulta difícil de explicar cómo, treinta o cuarenta años después, la mayoría de esos niños ya no tienen inquietudes, ni curiosidades, ni lirismos, ni ganas de cambio, porque lo han sustituido todo por un matrimonio, un trabajo y una hipoteca. Ellos, que eran un continuo empezar, se han terminado. Ellos, que fueron la desinstalación permanente, se han instalado. Se aferraron a lo suyo y ya no quieren más riesgos ⇒ya no quieren descubrir juegos ⇒ya no quieren cambiar de juguete.
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