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EN TODOS los lugares del mundo se celebra a genocidas que mataron y conquistaron en nombre de su pa铆s, pero en todos esos lugares hay Bartolom茅s de las Casas que no participan. Alexis Corbi猫re, diputado de France Insoumise, dice que el bicentenario de la muerte de Napole贸n Bonaparte no se deber铆a celebrar: 
Napole贸n liquid贸 avances revolucionarios en el campo del derecho civil: restringi贸 el divorcio, reafirm贸 la omnipotencia paterna y la situaci贸n de inferioridad legal para las mujeres. Adem谩s reinstaur贸 la censura en la prensa, aboli贸 la separaci贸n entre estado e iglesia, devolvi贸 a la religi贸n algunos de sus antiguos derechos y socav贸 la libertad de conciencia. En las colonias restableci贸 la esclavitud, abolida por la Rep煤blica en febrero de 1794.
Bajo el Consulado y el Imperio, las funciones electivas fueron suprimidas o reducidas a instituciones sin poder real. Las asambleas locales fueron sometidas al dominio de los prefectos, dando lugar a un centralismo abusivo calificado de "jacobino", que era la negaci贸n de la deseada descentralizaci贸n de 1789, ampliada por la revoluci贸n democr谩tica de 1792.



DESCUBRO QUE ya Goethe se hab铆a dado cuenta de que el nombre de Napole贸n Bonaparte propend铆a al hero铆smo y la grandeza (a las canalladas y los genocidios, en idioma neorrabioso): que el tirano corso, el pobrecito, no tuvo m谩s remedio que dirigirse hacia lo que su propio nombre le insinuaba. Con el nombre de Napole贸n Bonaparte me pas贸 en la adolescencia lo mismo que con el Magno de Alejandro, el C茅sar de los emperadores romanos o el Gengis Kan de Temuy铆n: daba por hecho que era una dignidad o seud贸nimo buscado a posteriori; no me pod铆a creer que alguien tuviera ese trueno de nombre, como buscado adrede por un departamento de marketing. Y claro, cuando supe que era de verdad, no pude menos que pensar lo mismo que ahora descubro que tambi茅n pens贸 Goethe: una persona que se llama Napole贸n Bonaparte tiene que acabar comport谩ndose como Napole贸n Bonaparte.



SE COMETE un error al convertir a Hitler en un personaje peor (todav铆a) de lo que fue. Hablo sobre todo por los chavales: recuerdo que de adolescente yo estaba fascinado por su figura precisamente por eso, porque era EL M脕S MALO de todos, y solo ces贸 esa fascinaci贸n cuando descubr铆 que era vegetariano, que amaba a los perros, que hab铆a perdonado al que plane贸 su asesinato o que le gustaban las pel铆culas de Cary Grant. “Vaya malo de calderilla”, me dije entonces, y me pas茅 a Charles Manson, mi nuevo malo m谩ximo. Muchos de nosotros fuimos as铆 durante la adolescencia: nos gustaba AC/DC por sat谩nicos, nos ca铆a bien Ruiz Mateos porque le hab铆a pegado a Boyer, jale谩bamos a Goikoetxea porque hab铆a lesionado a Schuster y Maradona, y cuando empezamos a leer nuestros primeros libros de poes铆a no elegimos a B茅cquer o a Gloria Fuertes, no, sino a Rimbaud, Pizarnik, Lautr茅amont o Leopoldo Mar铆a Panero, esto es, a aquellos que nos parec铆an muy terribles o ped铆an a gritos una camisa de fuerza. Por otra parte, si lees la historia y te enteras de qui茅nes fueron Nabucodonosor, Julio C茅sar, Cal铆gula, Atila, Gengis Khan, Torquemada, Pizarro, Ivan el Terrible, Pedro el Grande, Leopoldo II, Stalin o Pol Pot, empiezas a tener muchas dudas de que el t铆tulo de malo m谩ximo lo tenga Hitler en exclusiva, y m谩s bien empiezas a creer que la carrera por ser el peor de todos se decide por foto-finish. Si en lugar de considerar a Hitler “el dios del mal”, lo rebajas a “uno de los dioses del mal”, salvas a muchos adolescentes de una influencia nefasta, pues todo el que sea antetitulado como “el m谩s” irradia una atracci贸n muy peligrosa.



NO ME gustar铆a que el pr贸ximo Napole贸n Bonaparte fuera mujer pero s铆 que la pr贸xima Marilyn Monroe fuera hombre. Elim铆nese el maltrato, elim铆nese la desigualdad social, elim铆nese la educaci贸n sexista, pero no se diga que la pasividad o el papel secundario en que han vivido las mujeres es necesariamente algo malo, porque el papel hist贸rico que ha desempe帽ado la mujer es mucho mejor que el que ha desempe帽ado el hombre. ¡Ojal谩 los hombres hubieran aprendido los valores de la pasividad y no hubieran conquistado las Galias ni luchado en las guerras de religi贸n ni saqueado Am茅rica ni 脕frica ni lanzado las bombas at贸micas! No son las mujeres las que tienen que invadir los territorios deplorables que se han atribuido hist贸ricamente a los hombres, sino que somos los hombres los que tenemos que invadir los atribuidos a las mujeres: somos nosotros los que tenemos que aprender a ser pasivos, a disfrutar de papeles secundarios; somos nosotros los que debemos des-ambicionarnos, arrancarnos la mugre del “llegar a ser alguien” y dedicarnos a ser cuidadores o escuchadores, ¡somos los hombres los que en las guerras debemos ser los enfermeros! 

—Pero entonces, Batania, si los hombres nos dedic谩ramos a ser enfermeros en las guerras, no habr铆a nadie que luchara por nuestra amada patria.
—Esa es la idea.



POCAS FRASES han hecho tanto da帽o como la que aparece en El tercer hombre, de Orson Welles, con guion adaptado del propio escritor de la novela, Graham Greene. En una escena Orson Welles/Harry Lime dice:
Recuerda lo que dijo no s茅 qui茅n: en Italia, en treinta a帽os de dominaci贸n de los Borgia, hubo guerras matanzas, asesinatos... Pero tambi茅n Miguel 脕ngel, Leonardo y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos a帽os de amor, democracia y paz. ¿Y cu谩l fue el resultado? ¡El reloj de cuco! 
Fuera de que el reloj de cuco no lo inventaron los suizos sino los alemanes, y que, lejos de ser pac铆ficos, los suizos se han caracterizado a lo largo de su historia por ser unos formidables guerreros, este pa铆s centroeuropeo es el que m谩s miguel谩ngeles y leonardos modernos ha dado en todas las facetas del conocimiento humano, al punto de que 113 premios Nobel nacieron o fueron nacionalizados o aquerenciados a Suiza. Todo eso contando solo con ocho millones de habitantes y sin matanzas, encarcelaciones, envenenamientos o canalladas semejantes.



RESULTA ESTREMECEDOR hacer un cat谩logo de los escritores y fil贸sofos que han admirado, defendido o colaborado con los dictadores m谩s sangrientos de la historia moderna, como los ilustrados franceses con Federico el Grande, Goethe con Napole贸n, Pound con Mussolini, Heiddeger con Hitler, Neruda con Stalin, Borges con Pinochet, Foucault con Jomeini, Handke con Milosevic o Garc铆a M谩rquez con Castro, por decir algunos de los casos m谩s famosos (no es lo mismo un poeta que un fil贸sofo, desde luego, y cada relaci贸n fue de diferente intensidad, por lo que el asunto da para un libro). Ya Octavio Paz alert贸 de que las relaciones entre los poetas y los pol铆ticos est谩n destinadas a fracasar porque el poeta se mueve en un tiempo distinto al de la historia, donde domina la raz贸n pr谩ctica, y aunque no comparto por elitista la concepci贸n general que Paz tiene del escritor, con esa reflexi贸n s铆 estoy de acuerdo y de ella pude darme cuenta cuando estall贸 el 15M.

En aquel mayo memorable, viendo que en las asambleas o en los grupos de debate se planteaban algunas propuestas que muchos consideraban irrealizables, tales como quitar por contaminante la iluminaci贸n nocturna de Madrid, o no comprar en supermercados, o no pagar impuestos, o colarse en el metro, o abolir el ej茅rcito, o no presentarse a los ex谩menes de la universidad, y que este tipo de propuestas hac铆a dif铆cil llegar a consensos, se decidi贸 crear dos grupos de debate pol铆tico: el Grupo a Corto Plazo, que elaboraba propuestas posibles y para el a帽o que viene, y el Grupo a Largo Plazo, que elaboraba las improbables y para el pr贸ximo siglo. Y sin embargo, a pesar de mis claras simpat铆as por los largoplacistas, en ninguno de los dos grupos vi espacio para un artista (salvo que se arranque la piel de artista y se vista la de ciudadano), seguramente porque tengo una concepci贸n del artista como una persona que simpatiza con la ocurrencia y el desvar铆o frente a la idea y el pensamiento, o que apuesta por la l铆nea borracha frente a la l铆nea recta. En los dos grupos advert铆 seriedad, coherencia, organizaci贸n y objetivos ⇒vi que ellos trazaban l铆neas y el artista trata de romperlas ⇒vi que ellos trabajaban el futuro y el artista juega con el infinito.



A FAVOR de la gloria art铆stica y en contra de la gloria pol铆tica. Cuando hablo de la gloria como algo apetecible, me refiero a ese desprendimiento que hace que los escritores, en lugar de trabajar en la frusler铆a del momento para lograr el 茅xito o ganar unos euros, se oculten durante a帽os en una habitaci贸n de mala muerte para tratar de escribir Rojo y negro. Se trata de un ego铆smo si se quiere hasta rid铆culo, pues sus posibles resultados solo se conocen una vez de muerto: quien busca la gloria trabaja para los gusanos. La gloria en lo pol铆tico, en cambio, es una gloria situada en este mundo y se traduce casi siempre en n煤mero de ata煤des. Pocas cosas me revuelven m谩s las tripas que se ponga al mismo nivel a Alejandro Magno y Arist贸teles, a Augusto y Virgilio, a Felipe II y Rubens, a Napole贸n y Goethe, o a Churchill y Virginia Woolf, por mucho que a menudo los segundos colaboraran con los primeros.


Ninguna conquista salvo la de la pasividad


NO ME gustar铆a que el pr贸ximo Napole贸n Bonaparte fuera mujer pero s铆 que la pr贸xima Marilyn Monroe fuera hombre. Elim铆nese el maltrato, elim铆nese la desigualdad social, elim铆nese la educaci贸n sexista, pero no se diga que la pasividad o el papel secundario en que han vivido las mujeres es necesariamente algo malo, porque el papel hist贸rico que ha desempe帽ado la mujer es mucho mejor que el que ha desempe帽ado el hombre. ¡Ojal谩 los hombres hubieran aprendido los valores de la pasividad y no hubieran conquistado las Galias ni luchado en las guerras de religi贸n ni saqueado Am茅rica ni 脕frica ni lanzado las bombas at贸micas! No son las mujeres las que tienen que invadir los territorios deplorables que se han atribuido hist贸ricamente a los hombres, sino que somos los hombres los que tenemos que invadir los atribuidos a las mujeres: somos nosotros los que tenemos que aprender a ser pasivos, a disfrutar de papeles secundarios; somos nosotros los que debemos des-ambicionarnos, arrancarnos la mugre del “llegar a ser alguien” y dedicarnos a ser cuidadores o escuchadores, ¡somos los hombres los que en las guerras debemos ser los enfermeros! 

—Pero entonces, Batania, si los hombres nos dedic谩ramos a ser enfermeros, no habr铆a nadie que luchara por nuestra amada patria.
—Esa es la idea.

El canario de Himmler


Dice Camus en La sangre de la libertad que el jerarca nazi Heinrich Himmler, que hab铆a convertido el asesinato de masas en su ciencia y oficio, acostumbraba a entrar por la puerta trasera de su casa, cada vez que volv铆a nocturno o de madrugada, para no despertar a su canario favorito. Lo curioso de esta an茅cdota camusiana es que, cada vez que la he referido, no me he encontrado con nadie que me haya defendido a Himmler o al menos haya tomado lo de su canario como una circunstancia atenuante. Nadie me ha dicho: “Bueno, esto demuestra que hay esperanza para el g茅nero humano y que no existe el mal puro y permanente: hasta el m谩s miserable tiene un canario de sensibilidad”. Muy al contrario, cuando refiero la an茅cdota la gente se enerva, enarca las cejas y multiplica su indignaci贸n. Y es que nos repugna la sensibilidad en el genocida o la bondad en el criminal: no soportamos ni siquiera un 谩tomo de ternura en los canallas. No consentimos que en lo moral se acierte en un detalle y se yerre en lo b谩sico, porque entonces hasta el propio detalle se nos vuelve sospechoso, y al final nos parece que el sue帽o apacible del canario favorito de Himmler, tan bello a priori, estuviera ayudando a que los perseguidos por los nazis no pudieran dormir.