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LA POLÍTICA es un péndulo. La izquierda es la única que tiene ideales y la que más fácil conquista los corazones, pero su triunfo duradero lleva a la hipocresía, pues a la izquierda no le importa subirte el precio de la luz, el butano, la comida y el alquiler, más concentrada en dar la batalla por los veinticinco géneros, becas para microminorías, manifiesto por la defensa del argot de Lavapiés, declaración de los derechos de las cebras..., lo que trae la recuperación y victoria de la derecha, que no tiene ideales sino intereses, pero que por eso mismo está más apegada a la realidad. La derecha comienza trayendo un poco de orden y sentido común, pero el desgaste que le causan los años le lleva al mismo callejón sin salida: su tradicionalismo causa necrosis en la sociedad, su nacionalismo genera fricciones con los vecinos, su plutofilia amplía las diferencias de clase... Al final regresa la izquierda, que re-ilusiona a la gente los primeros años, pero que pronto...

No hay que meterse en política y menos en la española, formada por hooligans, que son un trasunto del F. C. Barcelona vs Real Madrid. La única forma de participación pública me parece la micropolítica: pienso en las doscientas personas con las que hacemos la vida y a las que deberíamos atender lo mejor posible.


UNO TIENE que aferrarse al individuo si no hay más remedio, pero el individuo en el que yo creo es el que avanza hacia el ciudadano, que es el término que supera las contradicciones entre el yo y el nosotros, según la definición de Rousseau, y como ciudadano me he mostrado siempre favorable a crear grupos y a participar en ellos, al punto de que yo mismo he fundado cuatro desde que estoy en Madrid. Sin embargo, mi prevención ante algunos grupos procede de que muchas veces aspiran a eternizarse y a esencializarse, de modo que invierten su propósito inicial y dejan de atender los objetivos por los que se constituyeron. A partir de ahí las personas que los integran devienen en súbditos, las ideas descienden a ideologías, las funciones se vuelven burocracias y la perpetuación del grupo se erige en el único objetivo posible. Y ahí sí que no. Contra esos grupos me opongo y me sublevo. Pero no por vedettismo de individuo. Solo por dignidad de ciudadano.



Y POR hacer un esbozo de qué entiendo por grupo ideal, he aquí algunos botones:

—Que se constituya por ideales y no por intereses.
—Que permita acudir sin militar. Que permita estar sin pertenecer.
—Que no tenga más de cien miembros.
—Que no tenga cargos remunerados.
—Que no tenga banderas o símbolos representativos.
—Que su funcionamiento sea asambleario o democrático.
—Que esté abierto a todos.
—Que termine disolviéndose.

El último punto probablemente sea el más importante de todos, porque los grupos se disuelven solos en el momento en que su frescura primera se vuelve tedio o se han cumplido sus objetivos, pero a veces la ambición de que duren hace que se nombren cargos remunerados, que a su vez aumentan el número de miembros, que a su vez deben pagar cuotas, portar carnets y respetar unos símbolos, para lo que a su vez se necesitan más cargos remunerados, que a su vez aumentan otra vez el número de miembros, lo que hace que el grupo se vuelva tan grande que se incorpora el funcionamiento piramidal, cuyos dirigentes editan un programa-catecismo para que nadie se equivoque sobre lo que que se debe hacer y pensar, con lo que el círculo se cierra y ya tenemos al grupo de antes convertido en el grupo de ahora. El de antes, conformado por ciudadanos que se reunían por ideales, es ahora una asociación de gánsteres que maniobra por intereses. Ya no es un grupo a merced de las personas sino unas personas a merced de un grupo.



A FAVOR de la gloria artística y en contra de la gloria política. Cuando hablo de la gloria como algo apetecible, me refiero a ese desprendimiento que hace que los escritores, en lugar de trabajar en la fruslería del momento para lograr el éxito o ganar unos euros, se oculten durante años en una habitación de mala muerte para tratar de escribir Rojo y negro. Se trata de un egoísmo si se quiere hasta ridículo, pues sus posibles resultados solo se conocen una vez de muerto: quien busca la gloria trabaja para los gusanos. La gloria en lo político, en cambio, es una gloria situada en este mundo y se traduce casi siempre en número de ataúdes. Pocas cosas me revuelven más las tripas que se ponga al mismo nivel a Alejandro Magno y Aristóteles, a Augusto y Virgilio, a Felipe II y Rubens, a Napoleón y Goethe, o a Churchill y Virginia Woolf, por mucho que a menudo los segundos colaboraran con los primeros.