UNO TIENE que aferrarse al individuo si no hay más remedio, pero el individuo en el que yo creo es el que avanza hacia el ciudadano, que es el término que supera las contradicciones entre el yo y el nosotros, según la definición de Rousseau, y como ciudadano me he mostrado siempre favorable a crear grupos y a participar en ellos, al punto de que yo mismo he fundado cuatro desde que estoy en Madrid. Sin embargo, mi prevención ante algunos grupos procede de que muchas veces aspiran a eternizarse y a esencializarse, de modo que invierten su propósito inicial y dejan de atender los objetivos por los que se constituyeron. A partir de ahí las personas que los integran devienen en súbditos, las ideas descienden a ideologías, las funciones se vuelven burocracias y la perpetuación del grupo se erige en el único objetivo posible. Y ahí sí que no. Contra esos grupos me opongo y me sublevo. Pero no por vedettismo de individuo. Solo por dignidad de ciudadano.
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Y POR hacer un esbozo de qué entiendo por grupo ideal, he aquí algunos botones:
—Que se constituya por ideales y no por intereses.
—Que permita acudir sin militar. Que permita estar sin pertenecer.
—Que no tenga más de cien miembros.
—Que no tenga cargos remunerados.
—Que no tenga banderas o símbolos representativos.
—Que su funcionamiento sea asambleario o democrático.
—Que esté abierto a todos.
—Que termine disolviéndose.
El último punto probablemente sea el más importante de todos, porque los grupos se disuelven solos en el momento en que su frescura primera se vuelve tedio o se han cumplido sus objetivos, pero a veces la ambición de que duren hace que se nombren cargos remunerados, que a su vez aumentan el número de miembros, que a su vez deben pagar cuotas, portar carnets y respetar unos símbolos, para lo que a su vez se necesitan más cargos remunerados, que a su vez aumentan otra vez el número de miembros, lo que hace que el grupo se vuelva tan grande que se incorpora el funcionamiento piramidal, cuyos dirigentes editan un programa-catecismo para que nadie se equivoque sobre lo que que se debe hacer y pensar, con lo que el círculo se cierra y ya tenemos al grupo de antes convertido en el grupo de ahora. El de antes, conformado por ciudadanos que se reunían por ideales, es ahora una asociación de gánsteres que maniobra por intereses. Ya no es un grupo a merced de las personas sino unas personas a merced de un grupo.
ME HALLABA esta tarde esperando la comida en un Kebab cuando me ha dado por mirar la televisión (en casa no tengo tele), donde emitían un reality de Cuatro, “Ven a cenar conmigo”, en el que he podido contemplar una vez más lo diferente que es un ser humano cuando se encuentra solo y cuando está en grupo. Los participantes de ese programa, cuando estaban reunidos, formaban un gallinero de voces discordantes, vanidosas y sobreactuadas, algo muy desagradable de contemplar, pero cuando iban a solas al confesionario y hablaban sin tener que competir con los demás eran todo lo contrario: parecían estupendas personas todas ellas, con toda la sensibilidad y empatía que no habían demostrado en grupo.
Vaya esto para los que dicen que el mundo actual nos lleva a un individualismo sin valores, como si la sola palabra individuo fuera el mal en sí. Pienso al contrario: lo que nos empuja hacia la sociedad es malo y lo que nos empuja a la soledad es bueno. Nos crecemos en la soledad. Nos hacemos más interesantes. Aprendemos a pensar.
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