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HE DESCUBIERTO que Tiburcio no estaba loco. Tiburcio era un aldeano de Lauros que vivía en el caserío más próximo a Astobieta, un hombre siempre solo que juraba que su caserío le hablaba y que me acusó una vez de haber matado a su burro, con el que mantenía una relación estrechísima (qué le voy a matar yo nada a ese puto loco, con el miedo que le tenía, su burro se murió porque tenía más años que Argantonio). También decía, entre muchas barbaridades, que sus vacas leían la Biblia o que la trenza larguísima que lucía mi hermana mayor se la había robado a él. Tanto mis hermanas como yo pensábamos que estaba completamente loco, pero mi padre lo negaba:

—Tiburcio está más cuerdo que todos nosotros juntos.

Y claro. Ahora que camino en dirección a Tiburcio me he dado cuenta. Tiburcio vivía solo como yo, no tenía ninguna familia como ahora no tengo yo, no tenía amigos como yo, no se lavaba nunca como yo, y se había descolgado de la sociedad como finalmente he hecho yo. Justo cuando me he soltado de la sociedad, proceso que comenzó hace cinco años, me he dado cuenta de que encuentro un gran placer en mentir y escandalizar y decir las barbaridades más grandes. Justo como Tiburcio, del que ahora pienso que se divertiría muchísimo inventándose aquellas historias, igual que me pasa a mí. Tiburcio por tanto no estaba loco: mi padre tenía razón.

Del mismo cuño creo que eran Diógenes y los cínicos, también Xi Kan y los sabios del bosque de bambú, a los que siento ahora de una psicología muy próxima a la mía. La clave de esas mentes es que se han descolgado de la sociedad, han renunciado a participar y ahora solo piensan en ella para trollearla: Diógenes era un troll, Xi Kan era un troll, Tiburcio y yo dos pedazo de trolls.



ME HALLABA esta tarde esperando la comida en un Kebab cuando me ha dado por mirar la televisión (en casa no tengo tele), donde emitían un reality de Cuatro, “Ven a cenar conmigo”, en el que he podido contemplar una vez más lo diferente que es un ser humano cuando se encuentra solo y cuando está en grupo. Los participantes de ese programa, cuando estaban reunidos, formaban un gallinero de voces discordantes, vanidosas y sobreactuadas, algo muy desagradable de contemplar, pero cuando iban a solas al confesionario y hablaban sin tener que competir con los demás eran todo lo contrario: parecían estupendas personas todas ellas, con toda la sensibilidad y empatía que no habían demostrado en grupo.

Vaya esto para los que dicen que el mundo actual nos lleva a un individualismo sin valores, como si la sola palabra individuo fuera el mal en sí. Pienso al contrario: lo que nos empuja hacia la sociedad es malo y lo que nos empuja a la soledad es bueno. Nos crecemos en la soledad. Nos hacemos más interesantes. Aprendemos a pensar.


La almohada parlante


ESTOY DE acuerdo con la costumbre de Juan Ramón Jiménez, que según cuenta Lezama Lima solo recibía a otros escritores si acudían a solas y hasta les advertía “No venga con nadie más”, porque el diálogo a dos me parece el único que ofrece cierta garantía de intercambio sincero, el único formato en el que apenas hay que competir por el tiempo y donde uno, favorecido por la intimidad, deja que se vean sus lados menos positivos y hasta confiesa sus defectos. Basta que a la conversación se sume una tercera o cuarta persona para que se empiece a luchar por el turno de palabra, los conversadores comiencen a lucirse y aparezca eso tan desagradable de tratar de imponerse a los demás, de “ganar” la conversación, defecto que aumenta cuando los que participan son más de cinco, donde ya desaparece toda individualidad y comienza a hablarse con un lenguaje plastificado y dirigido a un auditorio ideal, muy preocupados todos de no hacer el ridículo ante tanta gente. Todavía existe, sin embargo, algo menos nutritivo que una conversación entre más de cinco personas, y es no tener una conversación con nadie más que con uno mismo, porque la autocrítica o el remordimiento, contra lo que se dice, no existen si no tenemos a nadie que nos acuse o “nos pare los pies”. Soy un gran defensor de la soledad y en otros escritos he hablado lo bastante de sus beneficios, pero una de sus desventajas, si es demasiado continuada, es que te acaba llevando muchas veces a pensar que tienes la razón en todo, descubrimiento terrible que solo puede superarse si te atreves a salir del iglú para que alguien te dé tu merecido. Eso que llamamos la voz de la conciencia no es más que una máquina con tendencia a ponerse a nuestro favor en todo, a todas horas, en los asuntos incluso menos defendibles, y por eso me hace tanta gracia cuando la gente, para tomar una decisión que en realidad ya tiene tomada, te dice que “esta noche lo discuto con la almohada”, pues si existiera una almohada parlante que pudiera contestarnos y ponernos en nuestro sitio, la tiraríamos a la basura de inmediato y a la noche siguiente discutiríamos con las sábanas.