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SI REALMENTE no soy yo el que crea lenguaje, porque el lenguaje es un fluir de la savia de los siglos y una colmena en la que trabajaron millones de antepasados, un formidable bloque de granito a cuyo lado mi herramienta para modificarlo es un mero palillo de dientes, ¿por qué toda esta vanidad?

Si realmente no puedo ser original, porque a cada prosa me influyen los libros que he leído, y a cada verso que intento me acuden raudos desde Homero a Kavafis, que ríen sonoros cada vez que presumo de inventar algo, pues ellos ya saben que toda escritura es palimpsesto, ¿por qué todo este ego?

Si realmente no escribo yo, porque los mejores textos que he escrito fueron en condiciones de poseído, como si fuera un fantasma el que empujaba mi mano o un demonio el que me dictaba las palabras, de forma que yo mismo me asustaba de las teclas que iba pulsando, ¿por qué toda esta tontería?

¿Por qué esta tontería que no cede, por qué este ego que resiste, por qué esta vanidad sorda a mis sermones?



SE HABLA muy poco de lo rencorosos que se vuelven algunos libros si los abandonas a mitad de lectura. Tú puedes dejar sin daño la lectura de un periódico o la novela de un autor popular; pero pobre de ti si dejas la obra de un autor de cinco tenedores, llámese Proust, Ungaretti o Elizabeth Bishop, porque de inmediato te asediarán con reproches y hasta insultos.

–Analfabeto –te llaman ellos.
–Pedantes –les llamo yo.

Existen una serie de libros cuya lectura es necesaria para acreditar que eres un cráneo previlegiado, libros que se supone dan la medida de tu nivel y a los que sucumben hasta los lectores de mayor personalidad. Ya decía Ortega que el lector no tolera sentirse por debajo del autor y está dispuesto a fingir que “lo entiende” para conservar la buena opinión de sí mismo. A uno le puede disgustar lo mismo Charles Dickens que James Joyce, pero que no aguantes a Dickens solo habla de tu gusto y en cambio tu rechazo a Joyce genera preguntas más crueles: ¿Cómo que no te gusta Joyce? ¿Acaso lo entiendes? ¿Acaso posees el bagaje o eres lo bastante inteligente para comprenderlo?

Estos libros de alta cocina literaria, si los abandonas, te miran muy despechados desde las baldas de tu biblioteca, señalándote, acusándote, y la única manera de reconciliarte con ellos es retomarlos y leerlos hasta el final. Tras años de refriega e idos-a-tomar-viento-fresco, ya me reconcilié con mis faulkners, onettis o carlosfuentes, pero sigo conservando unos cuantos juanbenets, hermanbrochs y virginiawoolfs con los que aún no puedo, libros que he tenido que guardar detrás de los estantes para evitarme sus burlas y navajazos:

–No tienes nivel –me dicen ellos.
–Coñazos –les digo yo.



EN EL documental Cómo los griegos cambiaron el mundo (AQUÍ) se dice que los vencedores en los Juegos Olímpicos recibían una corona de laurel y se aseguraban “la fama eterna”. El documental olvida (es un documental divulgativo sencillo, tampoco hay que pedirle más) que el concepto “fama eterna” de los griegos y los romanos era diferente al que manejamos hoy: para ellos se reducía a los límites espaciales del mundo grecolatino y la duración también estaba reducida al tiempo que sobrevivieran esas civilizaciones. En el caso de los romanos se advierte de modo muy claro. Escribe Virgilio, los subrayados son míos:
Pareja de afortunados: si algo valen mis versos, ningún día os alejará jamás del recuerdo de la posteridad en tanto la estirpe de Eneas habite la colina inconmovible del Capitolio y los padres de Roma posean el imperio.
Y dice Horacio en sus Odas:
No moriré yo del todo y gran parte de mí escapará a Libitina. Sin cesar creceré renovado por la celebridad que me espera, mientras al Capitolio suba el pontífice con la callada virgen.
Y Ovidio, en sus Metamorfosis:
Mi nombre será imborrable y, por donde se extiende el poderío romano sobre las domeñadas tierras, seré leído por la boca del pueblo, y a lo largo de todos los siglos, gracias a la fama, si algo de verdad tienen los vaticinios de los poetas, VIVIRÉ.
Si Virgilio, Horacio u Ovidio se levantaran de sus tumbas y vieran que el Imperio romano desapareció hace 1500 años y ellos siguen siendo leídos no solo en los límites de ese territorio, sino también en Sudáfrica o en Suecia o en China, se quedarían muy sorprendidos. La fama de muchos griegos y romanos ha trascendido su propia civilización, si bien no se ha mantenido por igual en todos los gremios. El atleta Milón de Crotona fue en vida mucho más famoso que Pitágoras, que por cierto era su suegro, pero después de 2500 años casi nadie sabe quién fue Milón de Crotona y, en cambio, cualquiera que tenga un mínimo interés por la cultura sabe quién es Pitágoras. Sucede que la fama “eterna” de que disfrutan los ídolos deportivos abarca unas décadas, quizá cien años; la de los grandes poetas, filósofos y estadistas, en cambio, es una fama que no se detiene.



A FAVOR de la gloria artística y en contra de la gloria política. Cuando hablo de la gloria como algo apetecible, me refiero a ese desprendimiento que hace que los escritores, en lugar de trabajar en la fruslería del momento para lograr el éxito o ganar unos euros, se oculten durante años en una habitación de mala muerte para tratar de escribir Rojo y negro. Se trata de un egoísmo si se quiere hasta ridículo, pues sus posibles resultados solo se conocen una vez de muerto: quien busca la gloria trabaja para los gusanos. La gloria en lo político, en cambio, es una gloria situada en este mundo y se traduce casi siempre en número de ataúdes. Pocas cosas me revuelven más las tripas que se ponga al mismo nivel a Alejandro Magno y Aristóteles, a Augusto y Virgilio, a Felipe II y Rubens, a Napoleón y Goethe, o a Churchill y Virginia Woolf, por mucho que a menudo los segundos colaboraran con los primeros.