EN EL western aún no se había perdido el sentido de la medida en las hazañas, que es un índice de la calidad de la película. En La diligencia, el protagonista guarda tres balas para matar a sus tres enemigos; en El hombre que mató a Liberty Valance, John Wayne y su criado desafían a Liberty y dos de sus hombres; en El Último pistolero, otra vez es John Wayne el que mantiene un desafío final contra tres vaqueros. Obsérvese que es el héroe contra tres o incluso el héroe y su criado contra tres: un enfrentamiento difícil pero no imposible de superar. El espectador mantiene la atención porque el resultado de la balacera no es seguro (en El último pistolero, de hecho, el camarero mata a John Wayne después de que éste haya matado a sus tres antagonistas). La proporción de muertos aumenta en los combates contra los indios, pero es normal que un vaquero que lleva un revólver o un rifle pueda matar a cuatro o cinco indios que solo cuentan con flechas: el pacto de verosimilitud se mantiene. Nada que ver con las astracanadas de Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger, Jean Claude Van Damme o por ahí, en las que el espectador relaja su atención porque las hazañas son tan desmedidas y las carnicerías tan exageradas que mueven a la risa. Un hombre en solitario que esquiva una lluvia de miles de balas como si nada y mientras tanto va matando a cincuenta o cien enemigos no es un héroe, ni lo que está haciendo una hazaña: se trata, simplemente, de un insulto a la inteligencia del espectador.
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POCAS FRASES han hecho tanto daño como la que aparece en El tercer hombre, de Orson Welles, con guion adaptado del propio escritor de la novela, Graham Greene. En una escena Orson Welles/Harry Lime dice:
Recuerda lo que dijo no sé quién: en Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, hubo guerras matanzas, asesinatos... Pero también Miguel Ángel, Leonardo y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? ¡El reloj de cuco!
Fuera de que el reloj de cuco no lo inventaron los suizos sino los alemanes, y que, lejos de ser pacíficos, los suizos se han caracterizado a lo largo de su historia por ser unos formidables guerreros, este país centroeuropeo es el que más miguelángeles y leonardos modernos ha dado en todas las facetas del conocimiento humano, al punto de que 113 premios Nobel nacieron o fueron nacionalizados o aquerenciados a Suiza. Todo eso contando solo con ocho millones de habitantes y sin matanzas, encarcelaciones, envenenamientos o canalladas semejantes.
Y DALE con que la pureza y la intransigencia son peligrosas porque pueden acabar en violencia: los que sostienen esa idea me parecen mucho más peligrosos, porque sus llamadas a la moderación, al consenso o al punto medio solo consiguen formar rebaños eficientes y listos para ser enviados sin queja al matadero. A todo el mundo le debemos pedir que sea pacífico y esa es la única condición del debate; pedirle además que no sea radical o extremado me parece coartar la libertad y empobrecer el campo de la opinión, justo ahora que necesitamos más que nunca personas que-se-mantengan-en-sus-trece y que insistan en su singularidad, personas que huelan a otra cosa en un mundo que cada vez huele más a lo mismo.
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