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RECUERDO EN estos días de pandemia a la hermana Sagrario, una monja del Amor Misericordioso que tuve en Larrondo. Ella consideraba que Dios había creado los volcanes y los terremotos "para unir a la humanidad", y ponía de prueba los estallidos de solidaridad universal cada vez que alguno de ellos originaba una catástrofe.

A mí no me gustaban nada estas explicaciones de la hermana Sagrario, ¡qué formas más bestias y sangrientas tenía Dios de unir a la humanidad!, pero no por ello dejaba de ser una profesora muy curiosa. Recuerdo una vez que se quedó callada, se puso tristeresante y, mirando al horizonte, nos dijo:

—El reino de los cielos... ¿no creéis que el reino de los cielos es este? ¿Por qué se busca el reino de los cielos en otra parte?

Entonces yo solo tenía trece años y no entendí las profundas implicaciones que tenían aquellas palabras. Más o menos nos estaba diciendo que no creía o que creía en un cristianismo en el plan cátaro, una desviación hereje. Aunque ahora pienso al revés: la hermana Sagrario no solo creía, sino que era la más creyente de todos porque creía en nosotros.

Mil veces mejor que creer en Dios es creer en la Tierra y en la gente. De hecho creer en la gente es el verdadero CREER.



SE COMETE un error al convertir a Hitler en un personaje peor (todavía) de lo que fue. Hablo sobre todo por los chavales: recuerdo que de adolescente yo estaba fascinado por su figura precisamente por eso, porque era EL MÁS MALO de todos, y solo cesó esa fascinación cuando descubrí que era vegetariano, que amaba a los perros, que había perdonado al que planeó su asesinato o que le gustaban las películas de Cary Grant. “Vaya malo de calderilla”, me dije entonces, y me pasé a Charles Manson, mi nuevo malo máximo. Muchos de nosotros fuimos así durante la adolescencia: nos gustaba AC/DC por satánicos, nos caía bien Ruiz Mateos porque le había pegado a Boyer, jaleábamos a Goikoetxea porque había lesionado a Schuster y Maradona, y cuando empezamos a leer nuestros primeros libros de poesía no elegimos a Bécquer o a Gloria Fuertes, no, sino a Rimbaud, Pizarnik, Lautréamont o Leopoldo María Panero, esto es, a aquellos que nos parecían muy terribles o pedían a gritos una camisa de fuerza. Por otra parte, si lees la historia y te enteras de quiénes fueron Nabucodonosor, Julio César, Calígula, Atila, Gengis Khan, Torquemada, Pizarro, Ivan el Terrible, Pedro el Grande, Leopoldo II, Stalin o Pol Pot, empiezas a tener muchas dudas de que el título de malo máximo lo tenga Hitler en exclusiva, y más bien empiezas a creer que la carrera por ser el peor de todos se decide por foto-finish. Si en lugar de considerar a Hitler “el dios del mal”, lo rebajas a “uno de los dioses del mal”, salvas a muchos adolescentes de una influencia nefasta, pues todo el que sea antetitulado como “el más” irradia una atracción muy peligrosa.


Sobre la piel fina


Que Galdós fuera un garbancero, como dice Valle-Inclán, o Dostoyevski un chapuzas, como le acusa Nabokov, o que a Cervantes le fallara el estilo, como señala Lugones, o que Balzac no supiera escribir, como aseguró Flaubert, son el tipo de críticas que siempre lanzan los estilistas, que parecen olvidar que la novela tiene unas exigencias distintas a la poesía y que el empeño de fabricar un Garcilaso en prosa suele producir frankensteins. La poesía se escribe con palabras y la novela a través de ellas; en la poesía cada fonema o sílaba tienen importancia y en cambio la novela se construye con ladrillos más grandes: acusar a un novelista por los garbanzos de la prosodia o la sintaxis de sus oraciones es no entender en absoluto los retos del género. Cada frase, en la novela, es un mero átomo que está supeditado al párrafo, que a su vez está supeditado al capítulo, que a su vez está supeditado al libro: el ritmo novelístico es un ritmo del largo plazo. Es un ritmo también de la estructura: la eufonía de los grandes novelistas se basa en la peripecia narrativa, en la cadencia que marcan los actos de los personajes a lo largo de las páginas. No niego que se pueda ser un gran prosista siguiendo criterios cercanos a la poesía (pienso ahora en Gómez de la Serna, en Gabriel Miró, en Aldecoa o en Umbral), pero difícilmente se podrá ser un gran novelista, y en cambio todo gran novelista es a la vez un buen prosista en el sentido de que practica la prosa de la eficacia. Por eso los novelistas acusados arriba, todos extraordinarios, no lo fueron a pesar de sus garbanzos, sino gracias a ellos.


El canario de Himmler


Dice Camus en La sangre de la libertad que el jerarca nazi Heinrich Himmler, que había convertido el asesinato de masas en su ciencia y oficio, acostumbraba a entrar por la puerta trasera de su casa, cada vez que volvía nocturno o de madrugada, para no despertar a su canario favorito. Lo curioso de esta anécdota camusiana es que, cada vez que la he referido, no me he encontrado con nadie que me haya defendido a Himmler o al menos haya tomado lo de su canario como una circunstancia atenuante. Nadie me ha dicho: “Bueno, esto demuestra que hay esperanza para el género humano y que no existe el mal puro y permanente: hasta el más miserable tiene un canario de sensibilidad”. Muy al contrario, cuando refiero la anécdota la gente se enerva, enarca las cejas y multiplica su indignación. Y es que nos repugna la sensibilidad en el genocida o la bondad en el criminal: no soportamos ni siquiera un átomo de ternura en los canallas. No consentimos que en lo moral se acierte en un detalle y se yerre en lo básico, porque entonces hasta el propio detalle se nos vuelve sospechoso, y al final nos parece que el sueño apacible del canario favorito de Himmler, tan bello a priori, estuviera ayudando a que los perseguidos por los nazis no pudieran dormir.