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LAS ÚNICAS derrotas nutritivas quizá sean las derrotas-contra-uno-mismo, las que te infligen tus deseos exagerados o sueños inmarcesibles. Pienso en las artes, pienso en la literatura, pienso en mí mismo, que cada día trato de ser Victor Hugo y me llevo unas goleadas que ni la del Barça contra el Bayern de Munich. Aquí la derrota tiene un aspecto positivo, porque solo tratando de ser Victor Hugo llegaré a ser Batania, por una parte, y porque la derrota no me aniquila, por otra, es una derrota que me permite seguir jugando sin ninguna lesión de por medio. Que mi escritor real esté muy por debajo de mi escritor soñado, además, se soluciona abriendo una lata de cerveza y soltando una carcajada. Pero estas derrotas mías contra Victor Hugo no tienen nada que ver con las derrotas que se sufren en la sociedad capitalista y que tanto elogian los gurús neoliberales: esas derrotas nacen de un antagonismo esencial y acaban con el sometimiento del perdedor, que o bien es derrotado para siempre o debe seguir compitiendo lesionado. Cuando el coach neoliberal te está diciendo que la derrota enseña, lo que te está queriendo decir es que analices las razones por las que has sido depredado para convertirte mañana en el depredador. El binarismo derrota/victoria en un sistema capitalista es nocivo tanto si ganas como si pierdes: la única enseñanza buena que puede tener la derrota en un sistema así es decir adiós, a tomar por el culo, me bajo de este coche, dadme el finiquito, ya no quiero seguir jugando.



ESCRIBE JOSÉ Kozer en Huella destartalada:
En Cuba, los pocos amigos que tenía mi padre eran judíos y españoles. Recuerdo a mi padre hablando siempre de España, como si de una utopía se tratara: parecía soñar con irse a vivir a España, parecía desearla como lenguaje utópico, un lugar para recomponer su vida, su tronchada juventud polaca, su desarraigo profundo. España, las nieves; España, la austeridad: un carácter bronco, una gente de pocas palabras. Esa era su España interior, y así eran sus amigos españoles radicados en Cuba: gente de una sola palabra y por ende, gente de pocas palabras. Gente honrada.
Es curioso cómo cambia la visión de las idiosincrasias según la parte de la Tierra desde la que se valore. En la misma línea de Kozer, una dominicana me habló hace meses de que los caribeños sufren mucho en España, al menos los primeros años, porque en su opinión los españoles son muy serios, discretos, competitivos y "locos por la velocidad y el trabajo". Visto desde el Caribe, parece que los españoles fueran los alemanes de la hispanidad; si preguntáramos a los alemanes, en cambio, estoy seguro de que te dirían que los españoles son los caribeños de Europa.