SEGURAMENTE UNA de las mayores mentiras que los escritores vitalistas y los coach motivacionales han contribuido a extender es la de que los fracasos enseñan, de que constituyen un paso ineludible para la construcción del carácter. Más bien al contrario: el fracaso continuado destruye el carácter, te vuelve mezquino, rencoroso y autodestructivo, además de que limita tu iniciativa futura: el perdedor mental se retira de las carreras, tiene miedo de volver a sufrir una paliza, ya no quiere luchar. Las derrotas no son siempre eso de-lo-que-uno-se-puede-recuperar, como nos cuentan los napoleones mentales: hay derrotas que son definitivas; naufragios que matan a los pasajeros; fracasos de los que uno ya no se puede levantar. Las únicas derrotas que sirven son aquellas que son muy leves o, siendo graves, vienen acompañadas de inmediato por sucesivas victorias, cosa que no siempre sucede. Decir lo contrario es pura fábula, pero los escritores son los excepcionalistas por excelencia: en sus libros es muy posible que las liebres derroten a los leones, pero en la selva...
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LAS ÚNICAS derrotas nutritivas quizá sean las derrotas-contra-uno-mismo, las que te infligen tus deseos exagerados o sueños inmarcesibles. Pienso en las artes, pienso en la literatura, pienso en mí mismo, que cada día trato de ser Victor Hugo y me llevo unas goleadas que ni la del Barça contra el Bayern de Munich. Aquí la derrota tiene un aspecto positivo, porque solo tratando de ser Victor Hugo llegaré a ser Batania, por una parte, y porque la derrota no me aniquila, por otra, es una derrota que me permite seguir jugando sin ninguna lesión de por medio. Que mi escritor real esté muy por debajo de mi escritor soñado, además, se soluciona abriendo una lata de cerveza y soltando una carcajada. Pero estas derrotas mías contra Victor Hugo no tienen nada que ver con las derrotas que se sufren en la sociedad capitalista y que tanto elogian los gurús neoliberales: esas derrotas nacen de un antagonismo esencial y acaban con el sometimiento del perdedor, que o bien es derrotado para siempre o debe seguir compitiendo lesionado. Cuando el coach neoliberal te está diciendo que la derrota enseña, lo que te está queriendo decir es que analices las razones por las que has sido depredado para convertirte mañana en el depredador. El binarismo derrota/victoria en un sistema capitalista es nocivo tanto si ganas como si pierdes: la única enseñanza buena que puede tener la derrota en un sistema así es decir adiós, a tomar por el culo, me bajo de este coche, dadme el finiquito, ya no quiero seguir jugando.
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