BASTA YA de AMIGUETES CLUB y políticos necesariamente autóctonos, con chalet o sin chalet. Habría que eliminar esa ley xenófoba que se incluye en todas las constituciones del mundo, la que establece que solo pueden ser presidentes del gobierno los nacidos en el país, y abrir la política a todo el planeta. Los grandes políticos deberían ser como los futbolistas o los entrenadores de fútbol, susceptibles de ser fichados por otros clubes y a quienes se paga según lo que hayan rendido las últimas temporadas. ¡Italia hace una oferta multimillonaria a Sarkozy para que aplique mano dura! ¡Panamá ficha a José Mujica para que introduzca políticas sociales! ¡Buenos Aires ofrece su consistorio a Carmena! ¡Merkel amenaza con no renovar por Alemania! Ese es el mundo en el que yo creo, un mundo donde los buenos políticos derechones o izquierdones ganarían más dinero que Messi y podrían comprarse no uno, sino diez chalets, una vez demostrada su pericia en el arte de gobernar. Ahora bien: ¿existe en la endogamia española algún político que haya conseguido resultados en la última década, alguno que se merezca un chalet?
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ME TOCÓ ser presidente, hace dos décadas, de una mesa electoral en Lauros, y puedo decir que las posibilidades de fraude son casi inexistentes, incluso en el caso de que votes a un partido pequeño de esos que no llevan apoderados a las mesas. Las denuncias de tongo electoral por parte de algunos votantes de Vox no son privativas de la ultraderecha: hace tres años fueron votantes de Podemos los que colgaron vídeos en las redes sobre un supuesto pucherazo, creando una conspiranoia de tal calibre que hasta tuvo que salir Pablo Iglesias a desmentirlo. Estas acusaciones de fraude nacen, en mi opinión, de la impotencia de la derrota, y son inventadas por personas que viven en parroquias donde todo el mundo es como ellos, piensa lo que ellos y vota como ellos. Si yo voto a X, si todos mis amigos votan a X, si toda mi familia y conocidos votan a X, ¿cómo hemos podido tener unos resultados tan pobres?, se preguntan con irritación estos votantes, cuando en realidad, si fueran autocríticos, tendrían que hacerse una pregunta muy distinta: ¿cómo podemos ser tan primates y fanáticos y sandios que, habiendo cinco partidos grandes en España y hasta siete u ocho en algunas comunidades autónomas, las únicas personas que conocemos son aquellas que piensan como nosotros y votan como nosotros?
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