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LA LEY Mordaza o similares son funestas porque el escritor no necesita solo libertad sino sobrelibertad: el escritor es un tipo que llega a los límites y se complace jugando con ellos, es alguien que conserva su primate fresco y necesita dar un puñetazo en la mesa de vez en cuando para afirmar su existencia y explorar nuevas vías de expresión. Desde Byron, desde Baudelaire, el escritor incorpora la barbaridad diogenesca a su tarea creativa (pienso en Wilde, en Schopenhauer, en Nietzsche, en Rimbaud, en Breton, en Artaud, en Papini, en Cioran, en Mishima, en Bukowski, por decir algunos casos estruendosos), por lo que salirle al paso con leyes coercitivas es cargarse algunas de las páginas o boutades más sabrosas de la escritura moderna. La barbaridad no sale gratis, ojo: cuando Nietzsche dice “Dios ha muerto”; cuando Unamuno dice “Que inventen ellos”; cuando Sontag dice “La raza blanca es el cáncer de la humanidad”, sus palabras pensadas como flechas se convierten en boomerangs que regresan cargadas de rechazo hacia sus autores, pero ese debe ser el único castigo si no queremos que se empobrezca el campo de la expresión o el pensamiento; si no queremos limitar a los escritores dentro de un sentido común que no es más que el catecismo rebañiego del momento. Esta sobrelibertad de expresión no la pido solo para los escritores sino para todos, naturalmente, pero incido en los escritores porque son los que más la necesitan. Es propio del escritor que de tanto conducir con las palabras empiece a gustarse y a hacer motocross con ellas, por lo que no se puede pedir que vaya despacio a un tipo que necesita derrapar.



INTERNET ME ha dado mucho pero también me ha quitado. Por ejemplo la pasión por el debate: yo he sido una polemista terrible desde que tengo uso de razón, de esas que hasta madruga para discutir, y cuando llegó Internet a mi vida, sobre el año 2006, me las prometía muy felices, porque Internet es el debate continuo, el paraíso de la controversia y la gresca y el grito y hasta el insulto, un caos tremendo que al principio me gustaba porque yo también era un poco así (aunque yo nunca insulto). Me recuerdo entre 2006 y 2014 sosteniendo debates encendidos en El País, El Mundo, Público, Marca, As, Facebook, Twitter y mi blog, nunca me saciaba, podía meter hasta cinco o seis horas al día en los foros de opinión, era una serpiente interminable. Pero en 2014 colapsé. Me di cuenta de que estaba tirando mi vida en debates absurdos solo para marcar escote. Me hice la pregunta definitiva: "¿Es tan importante para tu ego, Vanessa, tener la razón en todo?". Y al notar que mi calidad de vida mejoraba desde el primer minuto en que dejé de entrar en los foros de los diarios o cerré los comentarios de este blog (pues aquí también se mantenían debates continuos, si bien de guante blanco comparados con los que mantenía en los diarios), decidí seguir en la misma línea y empecé a incubar rechazo a las polémicas de la red porque, además, es que he estado en todas y ya me las sé. Esta renuncia no es buena para mí, sin duda, porque corro el riesgo de arrugarme y convertirme en una pensadora inmóvil, pero la aversión que les he cogido ya no tiene marcha atrás. Cómo será mi terror actual a discutir que, en las pocas ocasiones en que estoy con gente y hablo con ella, la mayoría de las veces cuando me detengo a tomar algo en los bares, si adivino que el cuñado (yo también soy una cuñada, ojo) con el que estoy hablando es de derechas y trata de llevarme la conversación a sus terrenos favoritos, bien las putas feministas, los putos catalanes o los putos inmigrantes, allí donde puede haber conflicto conmigo, enseguida corto por lo sano y salgo por la tangente:

—Oye, ¿tú crees que Messi se va a quedar?



UNO TIENE que darse cuenta del mecanismo cancerígeno del diálogo que se vuelve discusión que se vuelve combate, aquel donde uno ya no lucha por sus argumentos sino por su ego, por su puto orgullo de mierda, "por mi reputación", como le dijo Sartre a Camus en aquella carta en Les Temps Modernes que acabaría con su amistad, y ello trae réplicas y nuevas contrarréplicas que no llevan a ninguna parte sino a un gasto baldío de energías. Ya dice Žižek que solo se puede mantener debates con personas cuyas opiniones no son muy lejanas a las tuyas; cuando las opiniones de una persona y otra son radicalmente contrarias, lo que viene es el diálogo de sordos o, más a menudo, la pelea y la mala baba y el sacar-lo-peor-de-ti-mismo.

Mientras los famosos debates del pasado (aparte del Camus-Sartre, recuerdo un Vargas Llosa vs Benedetti, o un Cortázar vs Arguedas, o un Ortega vs Unamuno) constaban de una o dos réplicas que a veces eran muy largas (la carta de Camus a Sartre se extendía 28 folios y la respuesta del filósofo 26), en Internet te puedes replicar y contrarreplicar cincuenta veces, muchas veces con dos o tres palabras, a menudo insultos, a cada réplica con más zafiedad y encarnizamiento, lo que solo genera ruido y orgullo macho incluso cuando discuten ellas, porque querer imponerse por encima de todo es puro patriarcado. Cuántas veces he pensado que los foros de los diarios ganarían mucho si se limitaran a permitir la opinión pero no la réplica, porque son las continuas réplicas y contrarréplicas las que los arruinan. Cómo me gustaría una sociedad donde el-tener-razón-a-toda-costa estuviera mal visto desde la escuela y unos diarios cuyos foros llevaran en el fronsticipio esta frase: "ERA TAN TONTO QUE SIEMPRE QUERÍA TENER LA ÚLTIMA PALABRA".