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DOS DE los mejores diarios del mundo, The Guardian y The New York Times, no permiten opinar a los lectores en al menos el 80% de sus noticias. Esto indica dos cosas:

a) El periodismo de calidad no se puede arrodillar ante el número de clicks que hacen los opinadores, por mucho que se pierdan ingresos publicitarios. 
b) Para contar con mejores comentarios de los lectores, que son una de las medidas de calidad de un diario, es esencial que se opine poco y después de haberlo pensado mucho.

Pasemos ahora a España. Allí se permite opinar en todas las noticias, incluso los diarios más grandes son incapaces de renunciar a los ingresos publicitarios que dependen del número de clicks. Si a la barra libre opinante le añadimos que los titulares vienen con sesgo partidario y que los departamentos de censura brillan por su ausencia, ocurre que las réplicas y contrarréplicas zafias se multiplican y puede pasar (de hecho pasa con normalidad) que las opiniones mejor valoradas por los lectores sean opiniones xenófobas, machistas o transfóbicas. Un comentario que en NYT no se admitiría nunca y que en The Guardian sería censurado en cerocomados, ¡en España puede ser el comentario mejor valorado por los lectores, incluso en sus diarios más "serios"! ¡Se premia la trifulca! La consecuencia más habitual de confundir la libertad de expresión con la libertad de agresión es que la gente culta y educada acaba huyendo de estos foros y los más primates entre los primates se adueñan de ellos. Todo en nombre de la sacrosanta ganancia económica que genera el click. 

UNO TIENE que darse cuenta del mecanismo cancerígeno del diálogo que se vuelve discusión que se vuelve combate, aquel donde uno ya no lucha por sus argumentos sino por su ego, por su puto orgullo de mierda, "por mi reputación", como le dijo Sartre a Camus en aquella carta en Les Temps Modernes que acabaría con su amistad, y ello trae réplicas y nuevas contrarréplicas que no llevan a ninguna parte sino a un gasto baldío de energías. Ya dice Žižek que solo se puede mantener debates con personas cuyas opiniones no son muy lejanas a las tuyas; cuando las opiniones de una persona y otra son radicalmente contrarias, lo que viene es el diálogo de sordos o, más a menudo, la pelea y la mala baba y el sacar-lo-peor-de-ti-mismo.

Mientras los famosos debates del pasado (aparte del Camus-Sartre, recuerdo un Vargas Llosa vs Benedetti, o un Cortázar vs Arguedas, o un Ortega vs Unamuno) constaban de una o dos réplicas que a veces eran muy largas (la carta de Camus a Sartre se extendía 28 folios y la respuesta del filósofo 26), en Internet te puedes replicar y contrarreplicar cincuenta veces, muchas veces con dos o tres palabras, a menudo insultos, a cada réplica con más zafiedad y encarnizamiento, lo que solo genera ruido y orgullo macho incluso cuando discuten ellas, porque querer imponerse por encima de todo es puro patriarcado. Cuántas veces he pensado que los foros de los diarios ganarían mucho si se limitaran a permitir la opinión pero no la réplica, porque son las continuas réplicas y contrarréplicas las que los arruinan. Cómo me gustaría una sociedad donde el-tener-razón-a-toda-costa estuviera mal visto desde la escuela y unos diarios cuyos foros llevaran en el fronsticipio esta frase: "ERA TAN TONTO QUE SIEMPRE QUERÍA TENER LA ÚLTIMA PALABRA".