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LO QUE llamamos conciencia consiste al 90% en la conciencia que hemos mantenido durante los tres últimos años, cinco como mucho, dependiendo de las circunstancias por las que hayamos pasado. Si perdemos un familiar querido, cambiamos de trabajo o sufrimos una ruptura amorosa traumática, la conciencia puede cambiar aún más rápido, pero siempre actuará del mismo modo, despacio, subrepticiamente, engañándonos, haciéndonos creer que somos los mismos de toda la vida. Cómo será de camaleona nuestra conciencia, que cuando he tratado de imaginar una conversación entre el Batania de hoy, que es ateo o agnóstico (es que no sé bien qué soy), y el Batania de los once años, que era un fanático de Jesucristo; o qué le diría el antinacionalista visceral, el que soy actualmente, al nacionalista vasco que aún era con dieciocho, siento que no solo hay una distancia grande entre un Batania y otro, sino que somos dos personas diferentes. La razón de que uno piense que es el mismo, cuando cualquier mirada al pasado nos descubre que no es cierto, es que la conciencia funciona como una formidable amortiguadora que nos oculta las sucesivas transiciones por las que pasamos de una personalidad a otra. Este mecanismo sería solo cómico si no fuera además gravísimo, porque lo que significa es que la conciencia, esto es, esa centralita interior que a menudo confundimos con la SINCERIDAD ABSOLUTA, ¡resulta que nos miente! ¡Y no con mentiras pequeñas, ojo, sino con mentiras tan colosales que nos permite pasar de creyente a ateo o de abertzale a antiabertzale como si nada! Esta constatación es la que me hace preguntarme a menudo: ¿quién está al volante de mi cerebro? ¿Participo yo en la toma de decisiones o todo lo dirige entre bastidores un siniestro piloto automático? ¿Estará mi conciencia siendo ahora sincera conmigo o me está ocultando en este mismo minuto otra transición de mi personalidad?


DE NADA me sirve que se me diga que Dios es una creación de los hombres si no se añade, en la línea siguiente, que es una creación de los hombres con ansia de dominar a los demás. Esa es una de las razones de que dentro de la iglesia los curas o las monjas que hacen milagros o presencian apariciones hayan sido muy mal vistos por sus compañeros, que son los primeros que sospechan de su falsedad. La propia Teresa de Cepeda fue esa mujer que, según ella misma nos cuenta, convocó con un tambor a todas sus compañeras del monasterio para darles la noticia de que Jesucristo se le había aparecido en una visión. ¡O sea que Jesús se le aparecía a ella y a las demás no! ¡Cómo no le iban a coger manía! De qué calado sería la animadversión que suscitó en vida, que a Santa Teresa hasta le acusaron de puta y de chula de putas. Ahora bien: ¿sus contradictores eran solo envidiosos o además tenían razón? Se me ocurren tres posibilidades para dilucidar lo que realmente sucedió, no os voy a decir por cuál me decido yo:

a) A Santa Teresa se le apareció realmente Jesús.
b) No se le apareció, lo que pasa es que Santa Teresa tenía una imaginación grande y unas ganas de medrar en la Iglesia aún más grandes.
c) No se le apareció, pero Santa Teresa creyó que sí, víctima de su neurosis religiosa. Ella no era una mala mujer ni una mentirosa, solo una persona de talento que se creía sus propios deseos/fantasías.



DICE LA antigua estrella de la NBA Shaquille O'Neal que él también cree que la tierra es plana "porque conduzco largas distancias en coche, igual de hasta 600 u 800 kilómetros de una vez, y nunca he notado que la carretera se curve". Al instante me he acordado de los aldeanos de Lauros, que tenían respuestas igual de lógicas para explicar muchos fenómenos, y de Paul Valéry, que incidía en que la clave de Galileo y del genio científico en general es que no se conforman con ver lo que se ve, lo que parece que se ve, sino que a menudo miran contra. Así funcionan los científicos, mirando al revés o con un ojo mucho más lejano, al punto de que yo, en mis tiempos de borracha profunda, solía decir ¡pocos científicos han quemado para las burradas que dicen! ¿Qué es eso de que el espacio y el tiempo se curvan? ¿Qué es eso de que el ser humano evolucionó a partir de otras especies y que el mono es familiar nuestro? En ciencia hay que darle la vuelta a la humorada de Groucho Marx: "¿A quién está usted dispuesto a creer, a Darwin o a sus propios ojos?". A Darwin, naturalmente, hay que creer a Darwin: lo último en ciencia es creer a los propios ojos.