TE PUEDES encontrar a gente que reconoce o hasta presume de ser rencorosa o vengativa, pero muy difícilmente te encontrarás con alguien que reconozca ser envidioso. Si sales a la calle y preguntas ¿es usted envidioso?, la inmensa mayoría te responderá que no, pero si la pregunta es ¿son los españoles envidiosos?, la mayoría responderá que sí. La envidia, por tanto, es eso que decimos que tienen los demás y que casualmente está muy concentrada sobre todo en nuestro país. Ya Unamuno sostenía que la envidia era española, pero Balzac, que no debía saberlo, escribe en su Comedia Humana “como todo el mundo sabe, la envidia es francesa”. A su vez Octavio Paz, ignorante de que la envidia fuera española o francesa, le dice a Pere Gimferrer que la envidia es mexicana, mientras que Isabel Allende, ignorante de que la envidia fuera española o francesa o mexicana, ha declarado en muchas ocasiones que Chile es el país de la envidia, mientras que el sociólogo Francesco Alberoni, que tampoco sabe que la envidia sea española o francesa o mexicana o chilena, ha proclamado hace poco que el problema constitutivo de Italia es la envidia, de tal modo que estoy por convocar unos Juegos Olímpicos de la Envidia con el fin de dirimir qué nación es la más envidiosa, cuyo vencedor supongo que ganará la medalla de oro por un micropelo de ventaja, tras árduas pesquisas con la foto finish, una vez descartados los que sostenemos la opinión de que la envidia está muy bien repartida en el mundo, sobre todo entre los que niegan padecerla.