Mostrando entradas con la etiqueta hipocresía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hipocresía. Mostrar todas las entradas

LA RAZÓN principal por la que la ultraderecha no logra imponerse radicalmente es que está empeñada en eliminar de nuestras mentes el buenismo, que es la esencia por la que viven incluso las personas más siniestras y los grupos más depredadores. Hasta Gengis Kan cometía todas sus carnicerías llevando a un sabio budista al lado, hasta Pericles llamó “democracia” al imperialismo ateniense, hasta los españoles crearon unas “leyes de Indias” para robar la plata y las tierras con buena conciencia, hasta los franceses crearon un “Código negro” para asolar y masacrar con cariño. El propio Julio César tuvo que cruzar el Rubicón porque los senadores le iban a juzgar por infringir las leyes romanas, que solo autorizaban la guerra defensiva fuera de sus fronteras, y no se explicaban cómo aquel general había conseguido conquistar toda la Galia y hasta había llegado a Britania “solo defendiéndose”.

No somos buenos, pero creemos serlo; cuando escuchamos que la ultraderecha dice sin descomponer el gesto que no hay que atender a un inmigrante sin papeles en un hospital, aunque la vida de ese inmigrante esté en riesgo, una indignación incontenible se despierta no en eso que somos, sino en eso que creemos ser. La ultraderecha ya triunfó en la mayoría de las mentes de Europa, pero siguen gobernando muchos partidos del pseudocentro o la pseudoizquierda porque ellos sí que guardan las formas buenistas: ellos matan en la valla de Melilla, pero nos hacen creer que las balas proceden de otros; ellos levantan campos de concentración en África, pero nos convencen de que son otras manos las que los levantan; ellos ahogan a miles en el Mediterráneo, pero llaman a esas muertes “tragedia inevitable”. Siguen gobernando con políticas ultraderechistas, con actitudes xenófobas, con cierre de fronteras, pero cuando tienen un micrófono delante hablan de apertura, libertad y blablablá: la diferencia entre unos y otros no es el hueso de las acciones, sino las palabras con las que adornan esos huesos.


LA BBC como el nuevo circo romano. Muchos vídeos (no todos) de fauna salvaje se han convertido en una muestra bochornosa de la falta de respeto que tenemos los humanos ante la muerte de los animales, falta de la que el primer culpable soy yo, ojo, que desde niña he sido fan de los vídeos de los grandes felinos y estoy empezando a abrir los ojos. Cuántos documentales se emiten donde los animales operan como si estuvieran actuando, a dos pasos de la muerte, y la explosión de clicks de cámaras fotográficas cuando llega el desenlace. Los seres humanos son esos tipos que gritan y condenan y se indignan si alguien muestra imágenes de cadáveres tras un atentado o un accidente aéreo, basta ya, es que no hay derecho, no se respeta ni a los muertos, etc., pero vemos de lo más normal del mundo convertir la muerte de un animal salvaje en un espectáculo.


TE PUEDES encontrar a gente que reconoce o hasta presume de ser rencorosa o vengativa, pero muy difícilmente te encontrarás con alguien que reconozca ser envidioso. Si sales a la calle y preguntas ¿es usted envidioso?, la inmensa mayoría te responderá que no, pero si la pregunta es ¿son los españoles envidiosos?, la mayoría responderá que sí. La envidia, por tanto, es eso que decimos que tienen los demás y que casualmente está muy concentrada sobre todo en nuestro país. Ya Unamuno sostenía que la envidia era española, pero Balzac, que no debía saberlo, escribe en su Comedia Humana “como todo el mundo sabe, la envidia es francesa”. A su vez Octavio Paz, ignorante de que la envidia fuera española o francesa, le dice a Pere Gimferrer que la envidia es mexicana, mientras que Isabel Allende, ignorante de que la envidia fuera española o francesa o mexicana, ha declarado en muchas ocasiones que Chile es el país de la envidia, mientras que el sociólogo Francesco Alberoni, que tampoco sabe que la envidia sea española o francesa o mexicana o chilena, ha proclamado hace poco que el problema constitutivo de Italia es la envidia, de tal modo que estoy por convocar unos Juegos Olímpicos de la Envidia con el fin de dirimir qué nación es la más envidiosa, cuyo vencedor supongo que ganará la medalla de oro por un micropelo de ventaja, tras árduas pesquisas con la foto finish, una vez descartados los que sostenemos la opinión de que la envidia está muy bien repartida en el mundo, sobre todo entre los que niegan padecerla. 


Mi problema es que soy demasiado bueno, en cambio los demás...


LAS PERSONAS que más nervioso me ponen, aquellas que estoy deseando que se vayan al baño para calzarme las zapatillas de Gebrselassie y ponerme a salvo, son las que lucen nivel cero de autocrítica. Creo que fue por los 25 años cuando empecé a darme cuenta de que yo, en cualquiera de mis conflictos, suelo darme la razón en todo: de que mi cerebro, al menos mi cerebro del corto plazo, es un árbitro caserísimo que siempre pita penaltis a mi favor, por mucho que la falta se cometa tres metros fuera del área o que ni siquiera sea falta. Sin haber leído aún a Dawkins (El gen egoísta), empecé a darme cuenta de que todo mi yo está constituido de átomos de autodefensa, y que para luchar contra esos átomos debo esperar un tiempo, aprender a pensar contra mi cerebro, ese cerebro malo que siempre tiende a presentarme una primera versión maniquea de lo sucedido, hasta adquirir la suficiente perspectiva como para que surja mi cerebro bueno, el cerebro del medio plazo o del largo plazo, que es el que me hace ver matices, asumir errores, pedir perdones cuando hace falta y desarrollar el sentido del humor, que es lo que nace cuando ves que tus planes y planos se van al traste y te das cuenta del personaje vanidoso y ridículo que eres.

Y aquí viene el problema. De lo que yo me di cuenta a los 25, la mayoría de la gente no se da cuenta en toda la vida. El 95% de la gente sigue viviendo en los árboles y hasta los mayores sinvergüenzas se tienen por dechados de bondad, espejismo que procede sin duda de que siguen sin poner en tela de juicio la primera versión que les presenta su cerebro. Por todas partes te encuentras con personas que te colocan el catálogo de agravios que sufren: sus profesores les tienen manía, sus parejas son intrigantes, sus amigos desleales, sus jefes explotadores, sus compañeros arribistas, sus vecinos cizañeros y sus familiares falsos. Solo ellos, ay, son buena gente y blablaba.

Y claro. Estoy hasta las narices. A los 45 es que no puedo con esta gente, que para más inri es casi todo el mundo. A veces creo que los seres humanos no somos más que expertos en marketing siempre ansiosos de colocar nuestra versión de la historia a los demás. Pero a mí no. Ya no.

O rebajáis vuestra versión de la historia y metéis sus partes de fango, o no me contéis nada.